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EVANGELIO DEL DOMINGO

¡Cristo de la Vera-Cruz!

Que la contemplación de los misterios de tu Pasión nos conduzca a confesar:

"¡Realmente este hombre era justo!”.

“¡Realmente, era Hijo de Dios!”.

 

Evangelio del Domingo de Ramos

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo

En aquel tiempo, Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:

“¿Eres tú el rey de los judíos?”.

Jesús respondió: “Tú lo dices”.

 Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada.  Entonces Pilato le preguntó: “¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?”

Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado.  Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera.  Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás.  Cuando la gente acudió, dijo Pilato:

“¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?”.

 Pues sabía que se lo habían entregado por envidia.  Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: “No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él”.

Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.  El gobernador preguntó:

“¿A cuál de los dos queréis que os suelte?”.

Ellos dijeron: “A Barrabás”.

Pilato les preguntó: “¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?”.

Contestaron todos: “Sea crucificado”.

Pilato insistió: “Pues, ¿qué mal ha hecho?”.

Pero ellos gritaban más fuerte: “¡Sea crucificado!”.

 Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:

“Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!”.

Todo el pueblo contestó: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”.

Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:

“¡Salve, rey de los judíos!”.

Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza.  Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz.

Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo.  Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.  Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos».  Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.  Los que pasaban, lo injuriaban, y meneando la cabeza, decían:

“Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz”.

Igualmente, los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:

 «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos.  Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”».

De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.

Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra.  A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:

“Elí, Elí, lemá sabaqtaní (es decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)”.

Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron: “Está llamando a Elías”.

Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.  Los demás decían:

“Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo”.

Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.  Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.  El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:

“Verdaderamente este era Hijo de Dios”.

Mateo 27, 11-54.

 

Reflexión

Extraído de la carta pastoral del Arzobispo de Sevilla

“Domingo de Ramos, pórtico de la Semana Santa”

La liturgia de estos días nos presentará a Cristo como el nuevo Adán, que ofrece al Padre un sacrificio que repara y compensa sobradamente el pecado del primer Adán. La obra redentora de Cristo llega así a la raíz. No es una solución pasajera, ni un paliativo momentáneo, sino un injerto de gracia, que sana y renueva para siempre el árbol enfermo y maldito del paraíso, que se convierte así en árbol de bendición, en la Cruz bendita de nuestro Señor Jesucristo, que nos renueva y nos salva.

En ella descubrimos la realeza de Cristo, que los judíos proclaman en el Domingo de Ramos y que nosotros proclamaremos también en la procesión en la que aclamaremos al Señor con nuestros cantos como Profeta, Mesías, Rey e Hijo de Dios. En la Cruz se adivina ya en lontananza su triunfo definitivo, su glorificación, su resurrección y ascensión.

Entre los dos Domingos de triunfo, el de Ramos y el de Pascua, ocurre la epopeya grandiosa de la Pasión, en la que Jesús nos lo da todo: su cuerpo y su sangre, que quedan para siempre entre nosotros en el sacramento de la Cena. Nos deja también su testamento, el mandamiento nuevo del amor y de la fraternidad. Nos entrega además a su Madre como Madre nuestra y nos da, por fin, su vida entera.