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EVANGELIO DEL DOMINGO

Cristo de la Vera-Cruz

Que naces en Belén pobre y humilde en un pesebre, te rogamos que nos traiga Amor, Paz, Justicia y Liberación a todos los hombres de buena voluntad.

 

Solemnidad de la

Natividad del Señor

 

Evangelio según san Juan 1, 1‑18

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

 

Carta pastoral ‘Feliz y Santa Navidad’

Queridos hermanos y hermanas:

“Hoy en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Este anuncio que escucharon los pastores en la primera Nochebuena conserva inalterado su frescor veinte siglos después. Es para ellos, los pastores, para nosotros y para el mundo entero. Es un anuncio de esperanza que el ángel de la Navidad nos repite un año más.

Pero yo me pregunto: ¿Tiene todavía sentido un Salvador para el hombre del tercer milenio? ¿Es necesario un Salvador para el hombre que ha alcanzado la luna, que ha vencido múltiples enfermedades, el hombre autosuficiente que, gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación, ha convertido la tierra en una aldea global?

Los éxitos de la humanidad son reales, pero no del todo. En este tiempo de consumismo desenfrenado en el primer mundo, en el submundo de los países del sur mil quinientos millones de hombres y mujeres padecen hambre y sed y viven cercados por la enfermedad, el analfabetismo y la pobreza. Otros son esclavizados, explotados y ofendidos en su dignidad, discriminados o perseguidos por razones políticas o religiosas.

En esta hora se multiplican las acciones terroristas, el aborto y crece el drama de los inmigrantes y refugiados en una época en la que se nos llena la boca hablando de progreso, paz y solidaridad. En nuestro mundo, y entre nosotros, son millones los hombres y mujeres que no tienen trabajo, mientras crece el número de jóvenes desesperanzados sumidos en el nihilismo y el hastío, a veces esclavizados por el alcohol o las drogas.

En medio de este claroscuro, en el que puede dar la sensación de que el mal supera al bien, la Iglesia nos anuncia de nuevo esta magnífica noticia: que la Palabra se ha hecho carne, y ha acampado entre nosotros (Jn 1,14), que ha aparecido en nuestro mundo “la luz verdadera, que alumbra a todo hombre” (Jn 1, 9), que “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” (Tit 2,11). En esta Navidad, Cristo viene de nuevo a los  suyos y a quienes lo acogen les da “poder de ser hijos de Dios”.

 Por ello, cantamos al Señor un cántico nuevo, tocamos para Él la cítara y le vitoreamos con clarines y al son de trompetas. No es para menos, puesto que a pesar de tantos signos de progreso, los hombres y mujeres de hoy experimentamos la soledad y la angustia, el dolor físico o moral, la enfermedad y la muerte. Por ello, necesitamos más que nunca un Salvador, el único Salvador, enviado por el Padre de las misericordias que permite el sacrificio de su Hijo unigénito para salvar también al hombre de hoy.

La mayor parte de nuestros contemporáneos viven lejos de Jesucristo. Les ocupan sus trabajos, intereses y negocios. Tal vez también nosotros vivimos en el enredo de nuestros pensamientos y compromisos. Salgamos de una vez de la espiral de nuestro atolondramiento. Marchemos a Belén, hacia ese Dios que se hace Niño y sale a nuestro encuentro en esta Navidad para hacernos partícipes de su plenitud, para ofrecernos la salvación y la gracia, para compartir con nosotros su vida divina.

Acojámosle en nuestro corazón y en nuestra vida. Es un Dios que nos ofrece su salvación, que nos ama hasta el extremo, que quiere tener una relación cálida con nosotros, que espera nuestro amor y que en esta Navidad quiere que le abramos de par en par las puertas de nuestros corazones y de nuestras vidas, para salvarlas, para dignificarlas, para llenarlas de plenitud y sentido, para hacernos experimentar la verdadera alegría de la Navidad, que no radica en los regalos, el consumismo o el derroche de estos días. Nace de la conciencia pura y del encuentro con el Señor y la amistad con Él.

“Nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Esta es la buena noticia que debemos transmitir a nuestros familiares y amigos, como lo hicieron los ángeles con los pastores, como lo hicieron estos con todos los que encontraban a su paso, al tiempo “que daban gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído” (Lc 2,19). Por ello, la Navidad es también una llamada al compromiso evangelizador,  a transmitir a los demás la buena noticia del amor de Dios, ese amor inaudito, incondicional, gratuito y misericordioso que hemos encontrado en Jesucristo.

“Cristo ha nacido para nosotros, venid, a adorarlo”, nos grita la liturgia de estos días. Que busquemos ratos largos de adoración y de oración contemplativa. Que admiremos y agradezcamos el prodigio, el misterio del Emmanuel, el Dios con nosotros.

Que esta Navidad nos haga a todos testigos del amor de Dios, de la esperanza, y la alegría que anunciaron los ángeles en la primera Nochebuena y que yo deseo a todos los fieles de la Archidiócesis. Para todos le pido la gracia y la paz que el Señor ha traído al mundo con su nacimiento.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla