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VIA CRUCIS

JUEVES SANTOS VENIDEROS

Leyenda imaginada de la venida de María Stma. de las Angustias. Origen del fervor, devoción y amor por la Madre de los Cruceros. Basada en el libro de la Virgen.

 

Colaboración de nuestro Hermano D. Francisco Agustín Romero Fernández.

 

 

Virgen de las Vírgenes, Flor de las Flores

El viajero miró al cielo y comprobó que el sol ya estaba alto, debían ser algo más de las doce de la mañana, y el calor, como correspondía a aquella época del año en Sevilla, comenzaba a hacer estragos. Sin embargo, aún llevaba puesta la casaca pues habían salido del pueblo cuando aún era de noche, y entonces, hacía frío.

Se llevó con un gesto instintivo la mano a la espalda, le dolía con el traqueteo del camino, y aunque la carreta no era incómoda, eran ya varias horas de viaje. Calculó que unas seis desde que se pusieron en marcha, y ya empezaba a estar cansado. No obstante, el viaje no le había resultado tedioso, pues había mantenido una animada conversación con los dos paisanos que le acompañaban en la carreta de dos mulas de su propiedad. Charla que sin duda, contribuiría a poner en marcha muchos proyectos en el seno de su Hermandad.

Entraron en Sevilla hacía más o menos una hora, y prácticamente habían llegado a su destino. Dejaron atrás la Plaza de los Curtidores pues pensó que era preferible llegar por esta parte de la ciudad y no por la Catedral, cuyos alrededores estaban siempre atestados de gente y de calesas. Además, era jueves, y a estas horas, los vendedores pululaban por la Plaza del Triunfo, montando sus puestos en cualquier lugar, haciendo aún más difícil el tránsito.

Conocía perfectamente aquella parte de la capital, pues sus continuos viajes por su cargo de juez y administrador provincial así lo precisaban, y no necesitaba mirar el nombre de las calles para saber por donde iban. Pero, para cerciorarse, se quitó la casaca y en un puño de la camisa que llevaba debajo, tenía un billete escrito con la dirección exacta: calle Cruces, quinta casa al pasar por la cruz embutida en la pared.

Al torcer por una calle estrecha, de repente, apareció la señal que estaba buscando: la Cruz, siempre la Cruz. En ese momento, se percató de que hacía tiempo que su pulso se había acelerado, y que el silencio se había instalado entre los tres viajeros. Sus rostros denotaban cansancio, pero también tensión, y lo único que se oía, de fondo, era el traqueteo permanente de la carreta.

-Aquí es-, dijo, poniéndole la mano en el brazo al que llevaba las riendas, que inmediatamente, dio un suave tirón que los hizo detenerse. Transcurrió un brevísimo espacio de tiempo, que pareció eterno, antes de que decidiese bajar de un salto, aún era hombre joven. Uno de sus acompañantes le tendió la casaca que, tras sacudirla, se volvió a poner.

Seguidamente, bajaron los otros dos, e hincándose de rodillas ante la Cruz, rezaron largamente. Cuando hubieron terminado, y tras incorporarse, les dijo: -esperaos aquí que ahora os avisaré-, y echó a andar hacia la quinta casa. Su pulso se había acelerado aún más, y, aunque se tenía por hombre tranquilo, no pudo evitar que sus manos sudaran, signo inequívoco en él de su estado. Quería dar un giro importante a la historia de su Hermandad, y sabía que del resultado de lo que les ocupaba aquella mañana, dependía hacia donde. Pidió fuerzas al Santísimo Cristo de rostro sereno y porte majestuoso al que dirigía todas sus oraciones desde hacía tiempo, y en ese momento, sintió miedo.

En esos pensamiento iba distraído, cuando descubrió que había llegado a la quinta casa. Con mano temblorosa, golpeó la puerta de recia madera varias veces y esperó.

Al cabo de un momento que le pareció interminable, y con un ruido chirriante, la puerta se abrió, y tras ella, apareció una mujer de edad madura que lo miró con expresión interrogante.

-Soy…- dijo el viajero, pero no acertó a decir nada más. -¿Podría ver al maestro?-

La mujer le atajó diciendo: -sí, ya sabemos quien es, llevamos dos días esperándolo. Me llamo Eugenia, y soy su mujer.

Al viajero le sorprendieron sus rasgos amables y que a pesar de la edad, conservaba una enorme belleza. Su mirada se dirigió a sus profundos ojos negros, realmente, pensó, eran hermosos. Tenía, además, una nariz recta, y una boca perfecta. Una mujer muy bella.

Andaba en esos pensamientos cuando la mujer le franqueó el paso.

Al entrar en la casa, y una vez que sus ojos se acomodaron a la oscuridad, observó que se trataba de una estancia que no era excesivamente grande. En un rincón, había un hogar en el que hervía un puchero de cobre y, a juzgar por el olor, parecía un caldo de pollo. La habitación también hacía las veces de salón, pues en ella había una mesa desvastada con dos sillas. Y en un lateral, una cortina dejaba entrever una cama. Al fondo, otra cortina daba paso a una segunda estancia. Gente humilde, concluyó.

Mezclado con el olor de lo que sin duda era el almuerzo de aquella familia, percibió un olor característico, peculiar, y notó un regusto pastoso en la boca. Ya sabía de qué olor se trataba, lo había experimentado en otras ocasiones cuando había visitado a otros amigos del mismo gremio:  el olor a madera de cedro.

La mujer lo sacó de su ensimismamiento y le dijo: -No puede tardar mucho, salió esta mañana temprano a entregar un par de trabajos. Dijo que volvería a media mañana-.

-Esperaré- respondió.

En ese momento, y con un chirrido, la luz inundó la estancia, y, ante el rectángulo de la puerta, se recortó la figura de un hombre, que reconoció de inmediato. El viajero se levantó y se dirigió hacia el recién llegado.

-Buenas tardes-dijo éste - ¿me he retrasado mucho? Lo siento, las zonas aledañas a la Santa Iglesia Catedral están atestadas, se hace muy difícil caminar. Me alegro de verle de nuevo. Supongo que mi mujer ya le ha dicho que llevábamos dos días esperándolo.

Y mientras decía esto, estrechaban sus manos.

-Buenas tardes maestro. Sí, me lo ha dicho, aproveché que por razones de trabajo tenía que venir hasta Sevilla, y retrasé un poco acudir a nuestro compromiso- respondió el viajero.

-Supongo que mantenemos lo acordado, ya sabe que no me gustan los papeles, considero que la palabra de un hombre es más importante que cualquier papel firmado- dijo el maestro.

-Por supuesto, además, las referencias que tengo de usted, no me hacen dudar de lo contrario- añadió el viajero.

-Pues entonces pasemos dentro-. Y diciendo esto, echó a andar con paso seguro hacia el fondo de la estancia, descorrió la cortina y desapareció en la estancia contigua.

El viajero se quedó clavado, y notó como le palpitaba la sien. Tras reflexionar un instante, avanzó hasta cruzar el hueco. De fondo oía la voz del maestro que le daba datos técnicos que él no entendía, y que ya tampoco escuchaba.

Siguiendo la voz del maestro que continuaba su explicación, miró hacia la izquierda. En su rostro se dibujó una expresión de admiración, los ojos se le inundaron de lágrimas, pero su espíritu se serenó, hacía tiempo que no sentía esa sensación de quietud y de paz, y arrodillándose, oró diciendo: ¡Dios te Salve, Virgen de las Vírgenes, Flor de las Flores!

 

D. Francisco Agustín Romero Fernández